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Mandragora (VI)

Mandrágora (VI)

De las brujas cuídate muchacho, no porque te hagan voltear los ojos o por que sepan a cada instante donde estás, sino porque cuando te dejen, no sabrás lo que es volver a probar unos labios embrujados ni un coño mágico...

Mandragora (V)

Mandrágora

Toda mujer es peligrosa: provienen del infierno y buscan alimento en la tierra, han aprendido a cazar hombres y a moverse sigilosamente mientras sisean. Antes de venir por estos lares ya sabían hacer fuego, bebían sangre de gatos y tenían orgías con demonios. Orfeo realmente fue a buscar a su esposa a la casa, Dante nos lo advirtió en el canto XV de su divina comedia.

Por otra parte, todo hombre viene del cielo y se pierde buscando la redención. Por lo tanto ¿Qué es lo que nos puede deparar a los hombres salvo el sufrimiento en forma placentera dentro de los brazos femeninos? ¿Cómo poder esquivar todo el dolor que puede ser implantado por ellas?

Mientras tanto, cada día caen cuerpos reventados por mujeres, y la calle se embadurna de la sangre que brota de los hombres no amados.

Dorado

Dorado

Soñé con bellos animales de dientes dorados, que habitaban cerquita a mi oído. Soñé con golpes que emergían de mi cuerpo y se convertían en peces arcoíris, iban directo a los estanques, a los riachuelos, a las peceras de todos, y todos tenían mis golpes y los bellos animales de dientes dorados tenían a mis peces como mascotas. Yo sonreía con la sonrisa de quien no recuerda daño alguno.

Mandragora (IV)

Mandragora (IV)

A las tres de la mañana las brujas me recuerdan que debo deshacerme de tanto fantasma que ronda mi cabeza...

Mandragora (III)

Mandrágora (III)

Los dioses oscuros danzan en mi cerebro. Las emociones se vuelven densas en el recordar y el fuego todavía se escucha a lo lejos. La música de sacrificio brilla con intensidad y el olor de la sangre rodea el ambiente.

¿Donde estás pequeña virgen? Te prometí caramelos y golosinas. 

Allí está, Ella hace que se mueva y se contraiga mi vientre, de felicidad cruda, de ira destructiva.

Pequeña diosa, trae el libertinaje entre sus caderas y brinda a este ser los estados de demencia adecuados para conseguir la sabiduría... Pequeña diosa, fecundame con tus sinfonías rojas y déjame ver este infierno de satisfacción. Eres la divinidad hecha ritual, cortemos nuestra carne para sangrar en busca de mi ser...

Mandragora (II)


Mandrágora (II)

En mi cabeza vive un dragón que se acurruca para llorar como serpiente. Se mengua la alegría, dando paso a la tristeza arcobricense que evita la mediocridad del momento. En mis ojos se tuestan las monedas de Caronte, se clavan las agujas del instante y la austeridad recorre mi cerebro en forma de liquido negro. Entre mis venas se siente la enfermedad. Entre mi boca se pronuncia haciendo extravagantes ruidos sin lógica alguna. Entre mis músculos se sienten los ligamentos atormentándome en espasmos excesivamente fuertes. Entre mi garganta se ata el nudo de Salomón y la daga se balancea sin compasión sobre mi cuello. Entre mi sangre se siente su presencia, y no puedo dejar de pensar en ello. Irónicamente, me consume mientras escribo o mientras muevo mis dedos lánguidamente entre su sexo.

Mandragora (I)

Mandrágora

La magia negra se encuentra en una mujer serena. Cuando veas a una así, con mirada oscura, triste y hasta pensativa, huye. Las mujeres con esa clase de magia se vuelven silenciosas y van dejando a los hombres vestidos en el altar; escupen tus intestinos, volviéndonos el ego pequeño y la polla más tiesa de lo normal. Visten de negro con blanco, tacones, faldas cortas y ojos perdidos/lunáticos. Segregan feromonas y se ven inocentes si las enmarcas en este mundo callejero.
No te confíes. Una de ellas me agarró con sus bellas piernas depiladas y ahora no puedo soltarme de su recuerdo. Me ha hecho dar mi palabra a pesar de haberme dejado plantado varias veces, varias noches de luna llena. Son malignas, son apoteosicas, son pequeñas diosas en su panteón pagano, mientras rindes la debida adoración a sus serpentinas lenguas. Aléjate, huye... en dos días vendrá a buscarme y yo caeré de nuevo en sus fauces. No hay salvación.