Conversar (Árbol adentro - Octavio Paz)

 Conversar

En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los dioses no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.

El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y un desplome
de sílabas quemadas:
cenizas sin sentido.

La palabra del hombre
es hija de la muerte.

Hablamos porque somos
mortales: las palabras
nos son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen,
somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.

China en diez palabras (Fragmentos del libro escrito por Yu Hua)


Como cierre a un artículo que escribí hace tiempo, describía de la siguiente manera mi experiencia como lector:

“Cada vez que leo una gran obra, soy arrastrado por ella hasta otro lugar. Igual que un niño asustadizo, sigo sus pasos con mucha cautela agarrado a sus ropajes, imitando cada uno de sus pasos, avanzando lentamente por el largo río del tiempo. Es un viaje grato, repleto de emociones. Los libros me llevan con ellos y luego me dejan solo para que regrese por mis propios medios. Y en el momento en que logro regresar me doy cuenta de que siempre estarán a mi lado.”

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Después de veintisiete años escribiendo puedo afirmar que me sigue encantando escribir. Todos guardamos a lo largo de nuestra vida incontables deseos y sentimientos no expresados, reprimidos por la realidad que nos rodea o por nuestros propios juicios racionales. Pero, en el mundo de la escritura, todos estos deseos y sentimientos silenciados pueden exteriorizarse sin limitaciones. Creo que la escritura ayuda a mantener una buena salud física y mental y puede hacer que la vida de uno sea completa. En otras palabras, la escritura proporciona dos rutas para transitar la vida: una real y otra ficticia. La relación entre ellas es como la que existe entre la salud y la enfermedad: en cuanto una se hace fuerte, la otra se debilita inevitablemente. En mi caso, cuanto más aburrida mi vida real, más entretenida se vuelve mi vida imaginaria.

China en diez palabras (Epilogo del libro escrito por Yu Hua)

Epílogo

Obtuve mi primer trabajo en 1978: dentista en una pequeña ciudad del sur de China. Como era el más joven del personal médico, aparte de arrancar dientes, me tenía que ocupar de otros trabajos extra, como recorrer cada verano con un sombrero de paja y el botiquín a la espalda las fábricas y las guarderías de la ciudad para vacunar a obreros y niños.

    Hago un inciso para explicar que aunque la China de la época de Mao Zedong era muy pobre, se estableció, sin embargo, un sistema muy eficaz de salud pública para prevención de epidemias y se vacunaban gratis a la población. Ése se convirtió por tanto en uno de mis trabajos. Por aquel entonces no teníamos todavía agujas y jeringuillas desechables y la propia escases material nos obligaba a utilizar siempre las mismas. El proceso de esterilización también era extremadamente precario: después de enjuagar agujas y jeringuillas, las envolvíamos por separado en unas gasas, las introducíamos en unas cajas de aluminio y luego en un perol grande. Lo llenábamos de agua y lo poníamos al fuego en un hornillo de carbón para que hirviera un par de horas, igual que si estuviéramos preparando panecillos al vapor.

    De tanto usar las agujas, prácticamente todas tenían la punta doblada en forma de gancho. Al poner la vacuna, se clavaban sin dificultad sobre el brazo pero al salir arrastraban un trocito de carne. El primer día que me tocó hacer este trabajo fue en una fábrica. Los obreros formaban una fila remangados e iban pasando de uno en uno estirando el brazo para que les pinchara, y también de uno en uno se iban quedando sin un trocito de carne sanguinolento. El dolor era soportable para ellos: apretaban con fuerza los dientes y como mucho soltaban un par de quejidos. Yo no concedía demasiada importancia a su sufrimiento. Daba por hecho que todas las agujas tenían la punta curva y que, además, siempre había sido así. Los obreros eran vacunados todos los años con esas agujas, así que ya debían de estar acostumbrados. Pero al día siguiente el panorama fue muy diferente cuando fui a una guardería a vacunar a niños de entre tres y seis años. Todo fueron llantos. Como su piel era tan tierna, la aguja al salir les arrancaba más carne que a los obreros y también sangraban mucho más. Recuerdo con toda nitidez la escena: todos y cada uno de los niños llorando a grito pelado, incluidos los que todavía no habían recibido el pinchazo, que berreaban aún más fuerte que los que ya habían pasado el trance. Tuve la impresión entonces de que el dolor que veían con sus ojos superaba con creces al que podían experimentar en su propio cuerpo, porque el miedo al sufrimiento es mucho mayor que el sufrimiento en sí.

    Me quedé conmocionado y sin saber qué hacer. Cuando aquel día regresé al hospital, en lugar de lavar y desinfectar inmediatamente el material, fui a buscar una piedra de amolar y pulí y afilé las agujas. Cuando acabé, procedí entonces a esterilizarlas. Aquellas viejas agujas habían sido utilizadas durante tantos años que el metal estaba muy desgastado y después de dos o tres usos volvían a doblarse, así que limarlas se convirtió en una de mis tareas habituales. A partir de entonces, fui testigo de cómo las agujas iban disminuyendo gradualmente de tamaño. Aquel verano no regresé ni un día a casa del trabajo antes de que anocheciera. Mis dedos, tanto tiempo expuestos al agua y al roce de la piedra, estaban blancos y llenos de ampollas.

    Ha pasado el tiempo y cada vez que pienso en esos momentos, siento un gran cargo de conciencia. Si no hubiera sido por los llantos de sufrimiento de los niños no habría caído en la cuenta de lo que sufrían los obreros. ¿Por qué no fui capaz de detectar el dolor de los obreros antes de oír llorar a los críos? Si antes de vacunarlos a todos hubiera clavado en mi propio brazo una de aquellas agujas curvas y me hubiera arrancado un trozo de mi propia carne, habría podido experimentar lo que era el dolor antes de tener que escuchar los llantos de sufrimiento de los niños y los débiles gemidos de los trabajadores.

    Esta sensación se ha quedado grabada en el fondo de mi ser y me ha acompañado como una sombra durante los muchos años que llevo escribiendo. Que el dolor de los demás se convirtiera en mi propio dolor me ha permitido tener una comprensión verdadera de lo que es la vida, de lo que es la escritura. Creo que no hay nada en este mundo que predisponga con tanta facilidad a la gente a comunicarse como el sufrimiento, por la simple razón de que el camino que recorre el deseo de compartirlo parte de lo más profundo de nuestro corazón. Por tanto, a escribir este libro sobre el sufrimiento de China he escrito también sobre mi sufrimiento, porque el sufrimiento de China es también mi propio sufrimiento.

 22 de enero de 2010

 


Árbol Adentro (Fragmento del libro escrito por Octavio Paz)

Árbol Adentro (Fragmento del libro escrito por Octavio Paz)

La contradicción puede ser un método de vida. Es fecunda cuando no sólo niega a los otros sino a nosotros mismos pues así nos da la posibilidad de cambiar. Pero la negación no se convierte en afirmación como pretende la quimérica dialéctica (Kant la llamó "la lógica de las ilusiones"). La negación es un ascetismo, una higiene superior: no nos cambia pero nos entrena y nos lanza al vacío. Es el trampolín del salto... ¿hacia dónde? No lo sabemos sino hasta que nos vemos en el aire y aprendemos instantáneamente el arte que nadie enseña: el de caer de nuevo en tierra, sanos y salvos. Lo más difícil: caer con gracia. Es el arte supremo.

La idea de marido (Extractos del libro escrito por Laura Acero)

La idea de marido (Extractos del libro escrito por Laura Acero)


... Ahora bien, una cosa son los sabores que se realzan mutuamente y otra los acompañamientos, dirían los que saben, y yo no sé, pero quizás ahí radicaba el problema: yo quería que fuéramos vino y queso, pero éramos arroz y huevo. Quién no aprecia el arroz con huevo, pero yo quería un ensamble, quería un maridaje que fueran dos cosas que supieran intensamente por sí solas y se realzaran juntas, y resultaba que no, que una era fuerte y la otra solo acompañaba, claro, y sé que el problema eran mis proyecciones, mis aspiraciones de lo que quería que fuera una relación.


TUTOR (II)
Yo soy el del martillo
El martillo es la mejor forma de saber cómo funciona algo
Destrúyelo y vuélvelo a armar
Yo no quiero saber cómo funciona esto
Rómpeme


CARAMELIZAR: PONER CARAMELO EN ESTADO LÍQUIDO EN UN MOLDE O PREPARADO HASTA QUE SE CRISTALICE
En Mamá Lupe y los otros restaurantes tradicionales de la calle Once, en pleno centro de Bogotá, a pocos metros de la plaza de Bolívar, venden ajiaco, mondongo, changua, chocolate con pan, agua de panela con queso y almojábana, así como un montón de postres tradicionales, como el postre de natas —que cada vez es más difícil de encontrar—, marquesas de arequipe, brevas en almíbar, cuajada con melao, dulce de papayuela, leche asada, fresas con crema y cocadas de diversos colores y tamaños. Los postres, mi pasión y mi talón de Aquiles, gusto mareador, maridaje perfecto del café amargo, quién habrá inventado los postres, maravilla dulce, directo al corazón. Entre esos postres Mamá Lupe hay uno que, ayer en la tarde, tomando onces con mi auxiliar bibliotecaria, me produjo inquietud cuando leí su nombre en el menú: matrimonio. Y helos ahí, mis favoritos: arequipe y mora, el dulce y el ácido.
Arequipe, leche puesta a hervir durante horas con azúcar en una paila hasta tornar su color en café claro; cajeta, lo llaman en México, suavidad en lengua y paladar, la dulce crema. Cuando tenía como diez años, una tarde en que salimos a comer helado con la familia, mi hermana nos hizo morir de la risa cuando salió con que había árboles de arequipe, y yo pude imaginar con ella los árboles, sus semillas negras que, trituradas y mezcladas con leche y huevo podrían producir el mejor helado del mundo. Mi abuelo, un gran chef, decía que el secreto de un buen arequipe estaba en que la leche hirviera con una cebolla larga al fondo de la olla. Pero, amigas mías, júntenle además la gloria ácida de la mora y miren el color, el brillo, el contraste del arequipe con el rojo intensísimo de las moras, ojalá silvestres, puestas a cocinar durante horas en su almíbar glorioso. Eso es el matrimonio, el sagrado empalague, y yo no podía creerlo cuando leí que eso fuera un matrimonio en la carta del restaurante.
Cuando vivíamos en el páramo, los domingos eran el día de sancocho de gallina en la única tienda de la vereda, y de postre me encantaba pedir arequipe y salsa de mora, sí, pero con cuajada. Esa mezcla no es digerible así no más, se necesita un tercero neutro, también de leche, como el arequipe, pero libre de sal y azúcar, para evitar el hastío. Cuajadita maravillosa, el secreto de los buenos amasijos, es una dicha cuando se sirve con melao, pero ah, la verdadera ambrosía es con arequipe y mora. Le pregunté al mesero si de verdad el matrimonio no tenía nada más que salsa de mora y arequipe y si no le parecía que era muy pasado de dulce y que por qué no le metían cuajada o al menos queso o algo para bajarle ese voltaje. El mesero sonrió y me dijo que ese postre, el que yo describía, se llama divorcio.


... y el pasado es una trampa terrible que te hace caries en los dientes.


Recuerda que el mundo
se presenta ante ti con honestidad
maravilloso o despiadado
el mundo se presenta tal como es.
Y podemos gastar los días
en metaforizar la vida
a nuestra conveniencia
pero el mundo seguirá siendo
tal como es.
Llegar al aware (fragmento), Violeta Olarte Rebellón.

Central Park (Árbol adentro - Octavio Paz)

 Central Park (Árbol adentro - Octavio Paz)

Verdes y negras espesuras, parajes pelados,
rio vegetal en si mismo anudado:
entre plomizos edificios trascurre sin moverse
y allá, donde la misma luz se vuelve duda
y la piedra quieres ser sombra, se disipa.
Don't cross Central Park at night.

Cae el día, la noche se enciende,
Alechinsky traza un rectángulo imantado,
trampa de líneas, corral de tina:
adentro hay una bestia caída,
dos ojos y una rabia enroscada.
Don't cross Central Park at night.

No hay puertas de entrada y salida,
encerrada en un anillo de luz
la bestia de yerba duerme con los ojos abiertos,
la luna desentierra navajas,
el agua de la sombra se ha vuelto un fuego verde.
Don't cross Central Park at night.

No hay puertas de entrada pero todos,
en mitad de la frase colgada del teléfono,
de lo alto del chorro del silencio o de la risa,
de la jaula del vidrio del ojo que nos mira,
todos, vamos cayendo en el espejo.
Don't cross Central Park at night.

El espejo es de piedra y la piedra ya es sombra,
hay dos ojos del color de la colera,
un anillo de frío, un cinturón de sangre,
hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque.
Don't cross Central Park at night.

Abre los ojos: ya estás adentro de ti mismo,
en un barco de monosílabos navegas
por el estanque-espejo y desembarcas
en el mueble de Cobra: es un taxi amarillo
que te lleva al país de las llamas
a través de Central Park en la noche.

Fabula de Joan Miró (Octavio Paz - Árbol adentro)

Fabula de Joan Miró (Octavio Paz - Árbol adentro)

El azul estaba inmovilizado entre el rojo y el negro.
El viento iba y venía por la página del llano,
encendía pequeñas fogatas, se revolcaba en la ceniza,
salía con la cara tiznada gritando por las esquinas,
el viento iba y venía abriendo y cerrando puertas, y ventanas,
iba y venía por los crepusculares corredores del cráneo,
el viento con mala letra y las manos manchadas de tinta
escribía y borraba lo que había escrito sobre el papel del día.
El sol no era sino el presentimiento del color amarillo,
una insinuación de plumas, el grito futuro del gallo.
La nieve se había extraviado, el mar había perdido el habla,
era un rumor errante, unas vocales en busca de una palabra.

El azul estaba inmovilizado, nadie lo miraba, nadie lo oía:
el rojo era un ciego, el negro un sordomudo.
El viento iba y venía preguntando ¿por dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí desde el principio pero el viento no lo veía:
inmovilizado entre el azul y el rojo, el negro y el amarillo,
Miró era una mirada transparente, una mirada de siete manos.
Siete manos en forma de orejas para oír a los siete colores,
siete manos en forma de pies para subir los siete escalones del arcoíris
siete manos en forma de raíces para estar en todas partes y a la vez en Barcelona.

Miró era una mirada de siete manos.
Con la primera mano golpeaba el tambor de la luna,
con la segunda sembraba pájaros en el jardín del viento,
con la tercera agitaba el cubilete de las constelaciones,
con la cuarta escribía la leyenda de los siglos de los caracoles,
con la quinta plantaba islas en el pecho del verde,
con la sexta hacía una mujer mezclando noche y agua, música y electricidad,
con la séptima borraba todo lo que había hecho y comenzaba de nuevo.

El rojo abrió los ojos, el negro dijo algo incomprensible y el azul se levantó.
Ninguno de los tres podía creer lo que veía:
¿eran ocho gavilanes o eran ocho paraguas?
Los ocho abrieron las alas, se echaron a volar y desaparecieron por un vidrio roto.

Miró empezó a quemar sus telas.
Ardían los leones y las arañas, las mujeres y las estrellas,
el cielo se pobló de triángulos, esferas, discos, hexaedros en llamas,
el fuego consumió enteramente a la granjera planetaria plantada en el medio del espacio,
del montón de cenizas brotaron mariposas, peces voladores, roncos fonógrafos,
pero entre los agujeros de los cuadros chamuscados
volvían el espacio azul y la raya de la golondrina, el follaje de las nubes y el bastón florido:
era la primeravera que insistía, insistía con ademanes verdes.
Ante tanta obstinación luminosa Miró se rascó la cabeza con su quinta mano,
murmurando para sí mismo: Trabajo como un jardinero.

¿Jardín de piedras o de barcas? ¿Jardín de poleas o de bailarinas?
El azul, el negro y el rojo corrían por los prados,
las estrellas andaban desnudas pero las friolentas colinas se habían metido debajo de las sábanas,
había volcanes portátiles y fuegos de artificio a domicilio.
Las dos señoritas que guardan la entrada a la puerta de las percepciones, Geometría y Perspectiva,
se habían ido a tomar el fresco del brazo de Miró, cantando Une étolile caresse le seind d'une négresse.

El viento dio la vuelta a la página del llano, alzó la cara y dijo ¿pero dónde anda Joan Miró?
Estaba ahí y el viento no lo veía:
Miró era mirada transparente por donde entraban y salían atareados abecedarios.
No eran letras las que entraban y salían por los túneles del ojo:
eran cosas vivas que se juntaban y se dividían, se abrazaban y se mordían y se dispersaban,
corrían por toda la página en hileras animadas y multicolores, tenían cuerdos y rabos,
unas estaban cubiertas de escamas, otras de plumas, otras andaban en cueros,
y las palabras que formaban eran palpables, audibles y comestibles pero impronunciables:
no eran letras sino sensaciones, no eran sensaciones sino transformaciones.

¿Y todo esto para qué? Para trazar una línea en la celda de un solitario,
para iluminar con un girasol la cabeza de luna del campesino,
para recibir a la noche que viene con personajes azules y pájaros de fiesta,
para saludar a la muerte con una salva de geranios,
para decirle buenos días al día que llega sin jamás preguntarle de dónde viene y adónde va,
para recordar que la cascada es una muchacha que baja las escaleras muerta de risa,
para ver al sol y a sus planetas meciéndose en el trapecio del horizonte,
para aprender a mirar y para que las cosas nos miren y entren y salgan por nuestras miradas,
abecedarios vivientes que echan raíces, suben, florecen, estallan, vuelan, se disipan, caen.

Las miradas son semillas, mirar es sembrar, Miró trabaja como un jardinero
y con sus siete manos traza incansable —círculo y rabo, ¡oh! y ¡ah!—
la gran exclamación con que todos los días comienza el mundo.