Como cierre a un artículo que escribí hace tiempo, describía de la siguiente manera mi experiencia como lector:
“Cada vez que leo una gran obra, soy arrastrado por ella hasta otro lugar. Igual que un niño asustadizo, sigo sus pasos con mucha cautela agarrado a sus ropajes, imitando cada uno de sus pasos, avanzando lentamente por el largo río del tiempo. Es un viaje grato, repleto de emociones. Los libros me llevan con ellos y luego me dejan solo para que regrese por mis propios medios. Y en el momento en que logro regresar me doy cuenta de que siempre estarán a mi lado.”
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Después de veintisiete años escribiendo puedo afirmar que me sigue encantando escribir. Todos guardamos a lo largo de nuestra vida incontables deseos y sentimientos no expresados, reprimidos por la realidad que nos rodea o por nuestros propios juicios racionales. Pero, en el mundo de la escritura, todos estos deseos y sentimientos silenciados pueden exteriorizarse sin limitaciones. Creo que la escritura ayuda a mantener una buena salud física y mental y puede hacer que la vida de uno sea completa. En otras palabras, la escritura proporciona dos rutas para transitar la vida: una real y otra ficticia. La relación entre ellas es como la que existe entre la salud y la enfermedad: en cuanto una se hace fuerte, la otra se debilita inevitablemente. En mi caso, cuanto más aburrida mi vida real, más entretenida se vuelve mi vida imaginaria.