China en diez palabras (Epilogo del libro escrito por Yu Hua)

Epílogo

Obtuve mi primer trabajo en 1978: dentista en una pequeña ciudad del sur de China. Como era el más joven del personal médico, aparte de arrancar dientes, me tenía que ocupar de otros trabajos extra, como recorrer cada verano con un sombrero de paja y el botiquín a la espalda las fábricas y las guarderías de la ciudad para vacunar a obreros y niños.

    Hago un inciso para explicar que aunque la China de la época de Mao Zedong era muy pobre, se estableció, sin embargo, un sistema muy eficaz de salud pública para prevención de epidemias y se vacunaban gratis a la población. Ése se convirtió por tanto en uno de mis trabajos. Por aquel entonces no teníamos todavía agujas y jeringuillas desechables y la propia escases material nos obligaba a utilizar siempre las mismas. El proceso de esterilización también era extremadamente precario: después de enjuagar agujas y jeringuillas, las envolvíamos por separado en unas gasas, las introducíamos en unas cajas de aluminio y luego en un perol grande. Lo llenábamos de agua y lo poníamos al fuego en un hornillo de carbón para que hirviera un par de horas, igual que si estuviéramos preparando panecillos al vapor.

    De tanto usar las agujas, prácticamente todas tenían la punta doblada en forma de gancho. Al poner la vacuna, se clavaban sin dificultad sobre el brazo pero al salir arrastraban un trocito de carne. El primer día que me tocó hacer este trabajo fue en una fábrica. Los obreros formaban una fila remangados e iban pasando de uno en uno estirando el brazo para que les pinchara, y también de uno en uno se iban quedando sin un trocito de carne sanguinolento. El dolor era soportable para ellos: apretaban con fuerza los dientes y como mucho soltaban un par de quejidos. Yo no concedía demasiada importancia a su sufrimiento. Daba por hecho que todas las agujas tenían la punta curva y que, además, siempre había sido así. Los obreros eran vacunados todos los años con esas agujas, así que ya debían de estar acostumbrados. Pero al día siguiente el panorama fue muy diferente cuando fui a una guardería a vacunar a niños de entre tres y seis años. Todo fueron llantos. Como su piel era tan tierna, la aguja al salir les arrancaba más carne que a los obreros y también sangraban mucho más. Recuerdo con toda nitidez la escena: todos y cada uno de los niños llorando a grito pelado, incluidos los que todavía no habían recibido el pinchazo, que berreaban aún más fuerte que los que ya habían pasado el trance. Tuve la impresión entonces de que el dolor que veían con sus ojos superaba con creces al que podían experimentar en su propio cuerpo, porque el miedo al sufrimiento es mucho mayor que el sufrimiento en sí.

    Me quedé conmocionado y sin saber qué hacer. Cuando aquel día regresé al hospital, en lugar de lavar y desinfectar inmediatamente el material, fui a buscar una piedra de amolar y pulí y afilé las agujas. Cuando acabé, procedí entonces a esterilizarlas. Aquellas viejas agujas habían sido utilizadas durante tantos años que el metal estaba muy desgastado y después de dos o tres usos volvían a doblarse, así que limarlas se convirtió en una de mis tareas habituales. A partir de entonces, fui testigo de cómo las agujas iban disminuyendo gradualmente de tamaño. Aquel verano no regresé ni un día a casa del trabajo antes de que anocheciera. Mis dedos, tanto tiempo expuestos al agua y al roce de la piedra, estaban blancos y llenos de ampollas.

    Ha pasado el tiempo y cada vez que pienso en esos momentos, siento un gran cargo de conciencia. Si no hubiera sido por los llantos de sufrimiento de los niños no habría caído en la cuenta de lo que sufrían los obreros. ¿Por qué no fui capaz de detectar el dolor de los obreros antes de oír llorar a los críos? Si antes de vacunarlos a todos hubiera clavado en mi propio brazo una de aquellas agujas curvas y me hubiera arrancado un trozo de mi propia carne, habría podido experimentar lo que era el dolor antes de tener que escuchar los llantos de sufrimiento de los niños y los débiles gemidos de los trabajadores.

    Esta sensación se ha quedado grabada en el fondo de mi ser y me ha acompañado como una sombra durante los muchos años que llevo escribiendo. Que el dolor de los demás se convirtiera en mi propio dolor me ha permitido tener una comprensión verdadera de lo que es la vida, de lo que es la escritura. Creo que no hay nada en este mundo que predisponga con tanta facilidad a la gente a comunicarse como el sufrimiento, por la simple razón de que el camino que recorre el deseo de compartirlo parte de lo más profundo de nuestro corazón. Por tanto, a escribir este libro sobre el sufrimiento de China he escrito también sobre mi sufrimiento, porque el sufrimiento de China es también mi propio sufrimiento.

 22 de enero de 2010