NADIE AFUERA
No sé que hacen los otros un domingo; tendido en el sofá observo el techo y busco una razón para no pegarme un tiro. El domingo es una dura experiencia, una prueba de fuego a la imaginación. Antes me deprimía y ya era algo, ahora sólo me quedo inmóvil soportando mi humanidad. ¿Qué es todo esto? No hay nadie afuera, soy la última sombra en un mundo de sombras. Como no tengo una pistola optó por masturbarme y mientras lo hago elimino recuerdos e imágenes. El ligero placer anula los detalles, se trata de quemar el mayor tiempo posible. Y me demoro allí, aferrado a esa última opción. Si pienso en qué cosa soy y que haré las justificaciones sobran, pero no intento justificarme. Suspendido en esa delgada línea entre el placer y el asco me pregunto dónde dejé a Efraim Medina sin esperar respuesta. Me levantó del sofá y voy a la ducha, el agua caliente arrastra mis detritus por el desagüe. ¿Qué es todo esto? Afuera el silencio camina en sus zapatos tenis y millones de personas no se conocerán jamás. A través de la ventana veo la luz del atardecer. Bajó, enciendo la tele y viajo por los canales. Me detengo en el 414 para ver un guepardo persiguiendo un antílope. El domingo persiste y mi interruptor de placer sigue en off. Observo la fotografía de una chica desnuda que sostiene un enorme diamante, en vez de una sensación erótica me hace sentir triste. ¿Cómo se llamará esa chica? No hay nadie afuera, también yo soy una foto borrosa en el álbum de recuerdos de Dios.
Texto: Efraim Medina
00 - El Loco
00 - El loco
Se ríe, sonríe, se envuelve en su melodiosa sinfonía salida de su propia cabeza.
Se ríe, se alegra, camina con su perro en el borde del precipicio con la intensión de vislumbrar más allá de todo. La inocencia a flor de piel, sabiendo que no va a amanecer de motel en motel. Se ríe una vez más, sonríe con sus blancos dientes mortíferos llenos de bondad. ¿Quién eres tú, más que el querido principio que he buscado por siglos?, ¿quién eres maldito enfermo y demente para poder ver el principio del cambio como algo benigno?
Se ríe, sonríe, sigue siendo en el amanecer, mientras yo sigo aprendiendo de él.
Se ríe, sonríe, se envuelve en su melodiosa sinfonía salida de su propia cabeza.
Se ríe, se alegra, camina con su perro en el borde del precipicio con la intensión de vislumbrar más allá de todo. La inocencia a flor de piel, sabiendo que no va a amanecer de motel en motel. Se ríe una vez más, sonríe con sus blancos dientes mortíferos llenos de bondad. ¿Quién eres tú, más que el querido principio que he buscado por siglos?, ¿quién eres maldito enfermo y demente para poder ver el principio del cambio como algo benigno?
Se ríe, sonríe, sigue siendo en el amanecer, mientras yo sigo aprendiendo de él.
Las Mascaras (Gog - Giovanni Papini)
LAS MÁSCARAS (Gog - Giovanni Papini)
Nagasaki, 3 febrero
Nagasaki, 3 febrero
Ayer compré tres máscaras japonesas antiguas, auténticas, maravillosas. En seguida las colgué en la pared de mi cuarto y no me sacio de mirarlas. El hombre es más artista que la Naturaleza. Nuestro rostros verdaderos parecen muertos y sin carácter ante estas creaciones obtenidas con un poco de madera y de laca.
Y al mirarlas pensaba: ¿Para qué el hombre cubre las partes de su cuerpo, incluso las manos (guantes), y deja desnuda la más importante, la cara? Si ocultamos todos los miembros por pudor o vergüenza, ¿por qué no esconder la cara, que es indudablemente la parte menos bella y perfecta?
Los antiguos y los primitivos, en muchas cosas más inteligentes que nosotros, adoptaron y adoptan las máscaras para los actos graves; bellos de la vida.
Los primitivos romanos, como hoy los salvajes, se ponían la máscara para atacar al enemigo en la guerra. Los hechiceros y los sacerdotes tenían máscaras de ceremonia para los encantamientos y los ritos. Los actores griegos y latinos no recitaban jamás sin máscara. En el Japón se danzaba siempre con la máscara (las que he comprado son precisamente máscaras para el baile Genjó-raku y pertenecen a la época de Heian). En la Edad Media los miembros de las hermandades llevaban la cara cubierta con una capucha provista de dos agujeros para los ojos. Y recuerdo el Profeta Velado del Korazan, el Consejo de los Diez de Venecia, la Máscara de Hierro... Guerra, arte, religión, justicia: nada grande se hacía sin la máscara.
Hoy es la decadencia. No la adoptan más que los bufones del carnaval, los bandidos y los automovilistas. El carnaval está casi muerto, y los salteadores de caminos van siendo cada vez más raros.
La máscara, según mi opinión, debería ser una parte facultativa del vestido, como los guantes. ¿Por qué aceptar un rostro que, al mismo tiempo que es una humillación para nosotros, es una ofensa para los demás? Cada uno podría escoger para sí la fisonomía que más le gustase, aquella que estuviese más de acuerdo con su estado de ánimo. Cada uno de nosotros podría hacerse fabricar varias y ponerse ésta o aquélla según el humor del día y la naturaleza de las ocupaciones. Todos deberían tener en su guardarropa, junto con los sombreros, la máscara triste para las visitas de pésame y los funerales, la máscara patética y amorosa para los flirteos y los casamientos, la máscara riente para ir a la comedia o a las cenas con los amigos, y así por el estilo.
Me parece que las ventajas de la adopción universal de la máscara serían muchas.
Higiénica. Protección de la piel de la cara.
Estética. La máscara fabricada por encargo nuestro seria siempre mucho más bella que la cara natural y nos evitaría la vista de tantas fisonomías idiotas y deformes.
Moral. La necesidad de disimular -es decir, de componer nuestro rostro con arreglo a sentimientos que casi nunca experimentamos- se vería muy reducida, limitada únicamente a la palabra. Se podría visitar a un amigo desgraciado sin necesidad de fingir con la fisonomía del rostro un dolor que no sentimos.
Educativa. El uso prolongado de una misma máscara -como demuestra Max Beerbohm en su Happy Hypocrite acaba por modelar el rostro de carne y transforma incluso el carácter de quien la lleva. El colérico que lleve durante muchos años una máscara de mansedumbre y de paz, acaba por perder los distintivos fisonómicos de la ira y poco a poco también la predisposición a enfurecerse. Este punto debería ser profundizado: aplicaciones a la pedagogía, al cultivo artificial del genio, etc. Un hombre que llevase durante diez años sobre la cara la máscara de Rafael y viviese entre sus obras maestras, por ejemplo, en Roma, se convertiría con facilidad en un gran pintor. ¿Por qué no fundar, basándose en estos principios, un Instituto para la fabricación de talentos?
Texto: Giovanni Papini
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